Por mucho tiempo cargué con la culpa de tomar malas decisiones, o con la culpa de sentirme sola y aislada desde niña y eso me llevó a involucrarme en malas relaciones, donde permitía que me trataran como no lo merecía, lo permitía y lo aceptaba como un castigo por haber tomado malas decisiones.
Pero un día Dios tocó mi corazón en un encuentro con el Espíritu Santo, durante una reunión de jóvenes a la que asisto. Dios me dijo: “Si yo ya te perdoné, ¿por qué no te perdonas tú?”
Varias veces me habían dicho que debía perdonarme, y yo pensaba que era por haber tomado malas decisiones. Pero realmente debía hacerlo para aceptar que el mal trato de otras personas nunca debió ser aceptado.
El líder del grupo también me dijo que, siempre que tenía un encuentro con el Espíritu Santo, pedía perdón, pero ese día fue diferente! Le pedí perdón al Señor por permitir que me trataran mal, que me humillaran, que me hicieran sentir reemplazable, y le pedí que me perdonara por conformarme con tan poco, cuando merecía tanto.
Porque, al ser llamada hija de Dios, no debemos permitir que nos traten mal. No somos cualquier cosa; somos hijos de Dios, y a un hijo de Dios no se le humilla.
Así comprendí que el trato que debía aceptar debía ser el que corresponde a una hija de Dios. No podía seguir permitiendo que hicieran conmigo lo que quisieran. Mi valor sobrepasaba esa relación y todo aquello que yo había aceptado.
Muchas veces lloré por sentirme insuficiente para esa persona, lloré al ver cómo cuidaba el corazón de otras personas antes que el mío; cómo mi corazón, mi sentir y mi valor parecían tener tan poca importancia para él, pero comprendí que estaba sufriendo, en parte, porque era yo quien debía poner un alto y empezar a verme a mí misma como Dios me veía: como su hija, su princesa, digna de amor, irreemplazable y de un valor incalculable.
Hoy te invito a reflexionar: ¿el trato que recibes a tu alrededor es digno de una hija de Dios? Si no es así, perdónate por haberlo permitido. Retírate para sanar, encuéntrate, valórate y ámate, porque Dios no quiere a sus hijos sumergidos en el dolor de tener que aceptar un trato que nunca merecieron.
“No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú.”
Isaías 43:1

